El pre(jui)cio justo

La interpretación de la realidad es un hecho palpable desde que el hombre es hombre. O incluso, desde que era mono, el ser humano necesita interpretar lo que ve, lo que siente, para poder suplir -con imaginación, invención y mentiras- su falta de valor, su escaso conocimiento o, simplemente, su miedo. Un miedo que nos lleva a rechazar, negar o simplemente ignorar, sabiendo -en el fondo- que las cosas no son como decimos. Y de ahí, vienen los prejuicios. Seguro que si supierais que soy del Atleti, muchos de vosotros me prejuzgaríais, pero bueno.
Prejuzgamos a personas, situaciones, lugares, por temor a que nos sobrepasen, nos dominen o nos cautiven. En determinados momentos, prejuzgar puede ser el mejor escudo para librarnos de un miedo, o simplemente para quitarnos una idea de la cabeza: damos nuestra propia versión de los hechos para que nos afecten en menor medida; de cara a los demás, el temor está salvado. Pero, en nuestro interior, la verdad continúa; y algo similar a una quemazón nos puede avasallar. Por eso lo mejor es pasar de todo. Te rallas menos.
¿Saben?, el prejuicio no sólo nos turba a nosotros. También al elemento prejuzgado sufre las consecuencias de una valoración errática y vacía de consistencia y veracidad. Ese acto cobarde puede desprestigiar a la persona, al lugar o al asunto en cuestión, llegando a hacer mucho daño.
¿Cuánta gente, por causa de los prejuicios o de un enjuiciamiento descortés, han llegado a la depresión, o cuantos lugares hemos dejado al olvido por comentarios negativos que, a la larga, resultaron ser falsos? Pues nosotros mismos, sin saberlo, podemos estar en un proceso depresivo.
Prejuzgar -siempre- es malo. Pero más mala es la sensación que puede provocar ante los demás, cuando, sin que nos demos cuenta, descubren que nuestro juicio de valor es por miedo a lo que creemos conocer y no conocemos. Y como el miedo es libre, cada uno, tiene el que quiere.
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La foto es del genial Escher.









